viking woman

Cuando el gran guerrero resultó ser una mujer: los problemas de una historia androcentrista

Subo esta entrada porque muchos y muchas me habéis preguntado sobre el reciente hallazgo en Birka de la tumba de una guerrera vikinga. En realidad, más que un descubrimiento, ha sido un redescrubrimiento (porque fue hallada en el siglo XIX) y ahora sabemos que no era un hombre, era una mujer. No voy a comentar la noticia en sí, que es magnífica, sino que os voy a dar mi opinión sobre por qué ha pasado todo esto. Es un artículo un poco largo, lo sé, pero creo que vale la pena perder los minutillos que cuesta leerlo.

La historia no siempre ha sido una ciencia aséptica y objetiva. Debería serlo, cada vez lo es más, pero a lo largo de los siglos en los que se ha construido esta disciplina ha imperado en muchos casos un discurso cargado de prejuicios y de subjetividad.

Unos prejuicios y una subjetividad que venían dados por el contexto de la época, por los valores, las ideas y las concepciones de una época, el siglo XIX, tremendamente misógina. Una época en la que la mujer estaba totalmente apartada de la vida social y pública, recluida en la vida privada, y a merced de unas convenciones muy rígidas que debía seguir.

La Prehistoria es el ejemplo más claro de ello. En esta disciplina científica la mujer apenas ha aparecido mencionada más que como procreadora, madre y cuidadora. La caza ha sido siempre considerada una tarea masculina; el arte rupestre, también; la industria lítica, también. Sin embargo, la arqueología, la antropología y otras muchas disciplinas en sus estudios actuales comienzan a mostrarnos que eso no fue del todo así y que el papel de la mujer, considerado menor y devaluado, era de una importancia tremenda y que esa denostación es producto de una sociedad androcentrista que siempre vio las tareas consideradas masculinas como más importantes y necesarias. Además, las nuevas investigaciones también sitúan a la mujer prehistórica en una esfera mucho más amplia que la de mero receptáculo reproductor y proporcionadora de cuidado.

Por ejemplo, si leemos el libro La mujer en el origen del hombre de María Ángeles Querol y Consuelo Triviño, un libro que analiza lo que se escribió en España durante el siglo XIX y XX al hablar de la evolución humana, veremos que de lo que se habla es de la evolución del hombre. Porque en todos (o casi todos esos textos: ensayos, libros de texto, panfletos, artículos…) hablaban del hombre. Varón. No de las mujeres, que aparecían de vez en cuando de forma diferenciada.

Primero fue el discurso creacionista, que siempre hablaba de hombres, no de mujeres. Si acaso aparecía Eva, de una costilla, y se tejía el discurso de la superioridad de Adán y, por ende, de los hombres. A finales del siglo XIX la cosa comenzó a cambiar, llegó Darwin (y sus antecesores) y apareció la teoría del Evolucionismo. No os creáis que en España no nos costó pasar por el aro. Durante casi toda la Dictadura y buena parte de los años 70 muchísimos libros (¡de texto!) planteaban la evolución en términos creacionistas. Y así se educó buena parte de nuestra sociedad.
Total, que llegó el Evolucionismo y podríamos haber aprovechado para construir un discurso más moderno, más real, más científico y más inclusivo, pero no fue así. Para las mujeres la cosa no cambió: primero en nombre de Dios, y después en nombre de la Ciencia, la mujer era inferior y apenas valía la pena hablar de ella. Salvo que hiciese falta puntualizar que era notablemente inferior al hombre por cuestiones científicas y, por tanto, incontestables: que si las mujeres tenían el cerebro más pequeño y eran más tontas, que si nuestra naturaleza era débil, abnegada, bondadosa, histérica, charlatana y no podíamos gobernar, que si no valía la pena ni educarnos porque, total, con esa birria de capacidad craneal a saber si nos enterábamos de algo. Así que, de nuevo, primero en nombre de Dios y después de la Ciencia, la mujer mejor en casa, pariendo, criando y cuidando.
Este discurso Evolucionista, además, nos trajo consigo toda la construcción científica y antropológica de la Prehistoria. Y se centró, por supuesto, en el hombre. Como también cuenta el libro La mujer de los orígenes de Claudine Cohen detrás de cada invento prehistórico, estaba el hombre; detrás de cada hallazgo (herramientas o industria lítica, pinturas rupestres…), estaba el hombre. En todos los dibujos de manuales y libros de Prehistoria, el hombre hacía cosas «importantes» y la mujer estaba ahí, cosiendo algo y cogiendo alguna frutilla, con el niño a cuestas. Cuando no la mítica imagen de la mujer cogida por los pelos y arrastrada por el suelo por el hombre. Se generó un relato que imaginaba, sin prueba alguna, que las mujeres estaban en las cuevas pariendo y cuidando de niños y niñas y apenas participaban en nada «importante» o «productivo». Importante o productivo desde su óptica misógina y androcéntrica, claro.
Así, la mujer a lo largo no solo de la Prehistoria, sino de la Historia en sí, ha sido invisibilizada, apartada, denostada y ninguneada. Empezamos a hacer ciencia en el XIX desde una óptica absolutamente misógina, androcentrista y patriarcal que siempre situó a las mujeres fuera del plano histórico. Que miró al pasado desde los ojos de su presente machista en el que las mujeres no valían nada y lo trasladó a ese discurso histórico. Así, haciendo pseudociencia (porque su discurso estaba cargado de prejuicios personales y moralina cero científica, porque muchos usaban la ciencia para asentar su pensamiento y no para construirlo) se generaron discurso de roles de sexo, de repartición de trabajos para todas las épocas en los que los trabajos de los hombres eran los importantes (como la caza o la guerra) y los de las mujeres, secundarios. Y eso valía para aseverar que los hombres eran más importantes que las mujeres y merecían más derechos que ellas. Más espacio público. Más atención. Más posibilidad y oportunidades.
Se conceptualizó la Prehistoria y la historia desde una óptica social, cultural y familiar moderna y las mujeres del pasado sufrieron el mismo trato que estaban sufriendo aquellas contemporáneas a los hombres que construían aquellos discursos.
Si saltamos en el tiempo y dejamos de lado la Prehistoria, esta forma de construir historia dejando a las mujeres de lado y en posiciones de inferioridad e infravaloración impregna casi todas las épocas. Por ejemplo, tal y como nos cuenta Silvia Federici en su libro Calibán y la bruja en la Edad Media, contra todo lo que se cree (el medievo no ese ese periodo de tiempo oscuro y terrible en el que no sabíamos hacer la O con un canuto después de los fuckin’ glorious romanos), las mujeres eran mucho más libres que en el siglo XVIII o XIX (cuando se empieza a construir el relato científico de la historia, esto es importante). Que las mujeres medievales participaban de la vida y la economía diaria en el campo y en la ciudad y que eran una parte activa en todas las actividades sociales y comerciales. Federici apunta cómo con el fin del feudalismo y la implantación del capitalismo no solo la clase obrera perdió poder social y adquisitivo, sino que las que más lo sufrieron fueron las mujeres: por parte de los de arriba y por parte de sus congéneres de clase.
El libro indaga en cómo la caza de brujas en los siglos XVI y XVII (se dio mucho más en la Edad Moderna que en la Edad Media aunque la mayoría de la gente asocie las brujas a lo medieval), fue mucho más de lo que nos han contado, y la emplaza en el contexto de misoginia y violencia contra las mujeres que se merece: cómo gracias a la caza de brujas las mujeres fueron perdiendo su posición social, fueron apartadas de espacios que les habían pertenecido como médicas, parteras, curanderas, etc., y fueron despojadas del control de sus cuerpos al demonizar a aquellas que controlaban la natalidad y conocían los cuerpos femeninos para tener poder sobre ellos. La caza de brujas sustrajo a las mujeres el único bien propio que les quedaba, sus cuerpos y su reproducción, para beneficio de los hombres y de los Estados.

Así que, después de esta no tan breve introducción (pero que he considerado necesaria porque me sirve para explicaros ahora otras cosas), ¿qué ha pasado con esa tumba de un gran guerrero que al final ha resultado ser de una mujer? Pues ha pasado lo que os explicaba arriba: que la guerra siempre ha sido la tarea más valorada de la historia y, como tal, siempre se ha asignado a los hombres. Y esta tumba se encontró a finales del siglo XIX y pasó lo que debió pasar otras tantas veces, que sin poder saber de forma científica y segura si aquello que se había encontrado era un hombre o una mujer, se hizo el siguiente planteamiento:

En una tumba se encuentran armas –> Las armas implican guerra –> La guerra es cosa de hombres –> Luego la tumba es de un hombre.

Podría parecer un ejercicio de lógica simple, y es que lo es, y precisamente por esa simpleza puede que nos hayamos estado equivocando muchas veces. Y no me refiero con los vikingos, sino en toda nuestra construcción histórica en general. En un momento en el que no se podía saber de ninguna forma (ni análisis de ADN, ni alguna parte del esqueleto que nos indicase si ese cuerpo era femenino o masculino, como la cadera) la mayoría de las acciones consideradas importantes se han asociado al género masculino. Y puede funcionar en muchos casos, pero a veces hay sorpresas. Como esta. Y como seguro otras muchas vendrán en otros muchos contextos y otras muchas sociedades.

viking woman warrior
https://www.livescience.com/64815-photos-viking-woman-warrior.html

Ahora bien, hay que ser cautos a la hora de interpretar estos hallazgos y no volvernos locos (como aquél famoso artículo de «la mitad de los guerreros vikingos eran mujeres», que no decía eso ni por asomo). No podemos decir todavía en el contexto de los vikingos y las vikingas, porque la arqueología no nos dice eso (y lo que sabemos sobre ellos y ellas en general tampoco lo apunta demasiado), que la norma entre las mujeres nórdicas de la Edad del Hierro fuese la de guerreras. Tenemos muy pocos hallazgos (uno o dos) de mujeres que podamos considerar guerreras. Y si la arqueología no nos dice eso, las fuentes literarias no van mucho más allá. Aparecen más mujeres guerreras, pero en un contexto entre legendario y mitológico, mezclado con un poso importante de la moralina cristiana de aquellos que escribieron las Sagas y las Eddas. ¿Qué quiere decir esto? Que por ejemplo en la Gesta Danorum de Saxo Gramático el papel de las skjaldmo se usa como pretexto para dejar bien claro que esas mujeres haciendo esas cosas no eran señoras de bien. Ya sabéis, el cristianismo y sus cositas. También tenemos que dejar de idealizar a la sociedad vikinga como una sociedad dedicada a la guerra 7 días a la semana 365 al año, porque no fue así ni mucho menos. Tampoco ayudan series como Vikings de History Channel, donde su creador ya ha explicado que ha puesto a tantas mujeres porque es atractivo de ver. Y lo es, ciertamente. Y es una serie, no un ensayo histórico, así que bienvenidas sean las Lagerthas y todas sus escuderas.  Pero debemos tener en cuenta que si la mayoría de los hombres no fueron guerreros, entre las mujeres, que seguro que las hubo, todo sigue apuntando a que fueron pocas las que debieron luchar de forma profesional. Como las meigas, haberlas haylas, pero hay que ser cautos y realistas.

Pero, y con esto acabo, no me cansaré de decir que eso no es un problema. Que no fuesen todas Lagertha, o muchísimas de ellas, no es un problema. No me cansaré de defender el enorme papel de las mujeres vikingas, eso no las hace menos importantes.  Hay que disociar la imagen, de una vez por todas, de que hay roles más importantes que otros y que los importantes son los masculinos y que las mujeres que consideramos importantes son las que desempeñan esos roles masculinos. Es un ejercicio muy peligroso el de pensar así porque conlleva la infravaloración de las mujeres y su elevación de consideración al acceder a la esfera masculina.

Recordad que la importancia de las mujeres en la historia, ya no solo de las mujeres vikingas, sino de todas ellas, no recae en que hiciesen o representasen roles que consideramos más importantes, las mujeres son importantes en la historia por absolutamente todo lo que hicieron y, por muy simple que con nuestra perspectiva actual y ciertamente androcentrista pueda parecernos, su papel y su contribución en cada época y en cada acontecimiento fue imprescindible.

¿Cuál es la conclusión de todo esto? Pues que hay que empezar a mirar la historia (ya  hacerla) de otra forma. Por una parte, debemos empezar a asumir que la historia cambia y probablemente llegarán muchos hallazgos que demostrarán que las mujeres tuvieron más papeles y ocuparon más esferas que las que tradicionalmente se les ha asignado desde la historiografía oficial (véase el hallazgo de lapislázuli en la dentadura de una mujer que nos indica que no solo los hombres ilustraban los manuscritos iluminados, cuando siempre he había creído que solo lo hacían hombres). Por otra parte, y sobre todo, debemos poner en valor y situar donde se merece el papel que jugaron las mujeres a lo largo de toda la historia y dejar de considerar ciertas tareas inferiores. Y, por último, interpretar bien los hallazgos arqueológicos y los resultados de las investigaciones, especialmente desde medios de comunicación que entienden lo que quieren y luego divulgan lo que les parece conveniente para su número de visitas diario.

Ante todo, siempre, rigor.

 

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5 comentarios en “Cuando el gran guerrero resultó ser una mujer: los problemas de una historia androcentrista”

  1. Me ha encantado tu introducción y el post en sí. Más allá de cuestión de dar el sitio del aspecto y género femenino en la Historia ¿Crees que en los ambientes académicos se prestan a abrir cualquier debate?

    1. ¡Muchísimas gracias! Es una cuestión interesante, creo que aunque la Universidad como institución aún sigue siendo algo arcaica y poco dispuesta a ciertos debates, creo que sí hay gente dentro, grandes profesionales hombres y mujeres, que sí empiezan a plantearse ciertos debates y sí empiezan a introducirlos. Al menos es lo que yo he podido ir viendo en los úlitmos congresos en los que he estado. 🙂

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